• Andrés Tabla

La educación como fenómeno social compete a todas las instituciones sociales.

"... se está cumpliendo el objetivo de mitigación. Si analizamos los esfuerzos asociados para el logro de este objetivo parcial, tendríamos que visibilizar los discursos y las acciones desarrollados en el marco interinstitucional, en la puesta en común de objetivos colectivos, en el diálogo, en la construcción de intersubjetividades."

La responsabilidad de educar a una sociedad es de la familia, primeramente, de la institución educativa, claro está, pero también de la justicia, de los medios de comunicación, de la iglesia y responsabilidad, como suprainstitución, del Estado.


La contingencia nos ha llevado de vuelta a la estructura de acogida primaria: la familia, en donde, tradicionalmente, se forjaba la base de la identidad de las personas, se asumían los sentidos iniciales asociados al relacionamiento con los demás, con uno mismo, con la naturaleza, bajo un sistema de principios y valores que se tornaba “sagrado”.


En la actualidad, la familia claramente se ha transformado y ha perdido ese lugar de privilegio. Así lo planteó Zygmunt Bauman cuando acuñó el concepto de “Modernidad Líquida”, dedicando un capítulo especial a la “Familia”, a lo que implica hacer parte de una sociedad líquida, inestable, voluble, frágil y diversa; relaciones que se construyen rápidamente, pero también se diluyen en el olvido de manera fugaz, creando efectos sobre la creación y la formación de identidades.


En el confinamiento, tal vez, hayamos o estemos reflexionando acerca de lo que implica educar y “educarse”: se trata de ¿saber más sobre algo?, ¿prepararse para el mundo laboral?, ¿escalar socialmente?, ¿ser mejores personas? o ¿preparase para el mundo de la vida? La pandemia ha planteado un desafío global que debe ser asumido en el contexto local de manera articulada y sincrónica y ¡de esto, sí, que no tenemos experiencia!


Históricamente, regular los comportamientos en el marco de lo social y de un proyecto común nos ha costado y nos seguirá costando. El primer objetivo, y tal vez el más importante en el contexto colombiano, es educar para vivir en paz con uno mismo, con las demás personas y con la naturaleza. Es valorar la vida, sobreponiéndola ante cualquier cosa. Es reconocer nuestra historia y proyectarnos como colectivo hacia intereses comunes que garanticen el bienestar de cada uno de los colombianos sin importar raza, género, sexo, etnia o condición socioeconómica. Pero ¿cómo lograr tal utopía?


A pesar de lo anterior, los datos con respecto al impacto del Covid en el país, digo yo, han sido alentadores, se está cumpliendo el objetivo de mitigación. Si analizamos los esfuerzos asociados para el logro de este objetivo parcial, tendríamos que visibilizar los discursos y las acciones desarrollados en el marco interinstitucional, en la puesta en común de objetivos colectivos, en el diálogo, en la construcción de intersubjetividades.


Dicho de otro modo, hay un propósito común, traducido en acciones que se refuerzan en la familia, en los medios de comunicación, en la iglesia y en el seno de todas las instituciones sociales. Esto evidencia, en mi concepto, que los procesos de transformación son posibles solo si se enmarcan en un proyecto de sociedad que sobrepase los intereses particulares y en donde la sociedad, en su conjunto, asuma su rol de educadora.

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